Mi historia
lunes, 26 de febrero de 2018
martes, 3 de noviembre de 2015
sábado, 24 de enero de 2015
Despierto
Una mañana recubierto de sudor desperté en mi habitación, con mi amada, cubierto con las revueltas sábanas que noche anterior bailaban al compás de algo más que una mera fusión de cuerpos, en el que mi alma se desligó de aquella preciosa mujer, amada por mí desde que mi memoria me permite recordar. Estaba solo en aquella cama, resignado a que el sueño volviera a ser real, no quería seguir con mi realidad, fusionarme con mi día ahora oscuro era mi único deseo.
Esta vez había sido demasiado real, caliente, húmedo, instantáneo, largo, precioso. Podría haberme quedado en coma con esta visión y hubiera vivido eternamente feliz, pero la eternidad halló su fin en aquel día, en el que venciendo al sueño llegué a pensar que podía olvidarla, incluso teniendo la clara realidad frente a mí todos los días, sin descanso, recordarme que todo lo que había hecho era resignarme a tocarla de vez en cuando, en mirarla con el miedo de que volviera en mí la tarde pesada, oscura y agria, cuando su recuerdo me alcanzaba y caía sobre mí como un martillo.
La cantidad de veces que el miedo me invadía, la miraba a los ojos y no veía el momento de besarla, fundir mi mas ansiado deseo en una mera realidad, en un sueño comatoso que duraría eternamente, pasando por la gracia de sus mejillas, blandas y cálidas, como una cama bien mullida, un descanso en su sonrisa.
Llevaba una semana sin necesitar su aroma, una semana preciosa, sin tristeza o añoranza, pero todo fue al abismo al verme rodeado de esa fragancia que como un surco en la tierra labrada dirige el agua suavemente hacia su destino. Llegó a molestarme su fragancia, esa mezcla de hormonas, colonia desconocida para mí, una pizca de olor a pelo quemado y otro tanto a hierba fresca fruto de sus paseos matutinos invernales en el que, con su compañera, una perra adorable y cálida, yo imagino que pensaría en todo lo que en su vida le afectaba, con nervios ante ese examen próximo que se juntaban con esas ansias no muy destacadas de descubrir su propio amor, que seguramente nada tenía que ver conmigo. Puede que en algún momento hasta le llegara un suave pensamiento de mi pobre existencia, y se acordara de algo que hicimos en algún momento algún día hace años, semanas, meses…
Encorvé mi tullida espalda para poder mirar el brillo del sol rojo movido por quién sabe qué tipo de fuerza que nadie sabía muy bien que era, el gran misterio de la gravedad, según el cual la dimensión tridimensional se veía afectada de forma constante e indefinida. No me preocupaban aquel tipo de interrogantes, convencido de que el tiempo daría la respuesta a todo, y sería conocedor de la verdad, del tiempo, y la mente dejaría de tener un sentido interrogante para todas aquellas personas que como yo luchábamos en ese momento por bañarnos en la sabiduría natural y universal. Llegué a clase y allí estaba, pero no le hice caso, no me apetecía, como si un miedo constante que puede que ya ni notara me empujara a seguir mis acciones con Angelillo para no tener que mirarla a los ojos y hacer uno de esos saludos tan banales que detesto desde hace tantísimo tiempo.
La banalidad del saludo diario a personas más bien poco allegadas a mí, por mi culpa, no dejaba de darme devaneos de cabeza. Como si yo tuviera que mantener unas relaciones que pesaban en mí cuando no estaban completas por ese día, y aun así no me hacían sentir ni un resquicio del bienestar que me daba poder improvisar con mi preciada guitarra o estar con Tamara, codo con codo, hablando del futuro, de la estupidez de vida que nos tocaba tomar, cogerla y seguir adelante, sin resquicios de interrogantes carentes de banalidad o valor, ante una sociedad más parecida a una colmena que a una manada, una colmena con engañabobos para abejas ignorantes, feas, ineptas, pero trabajadoras, eso sí. Para enriquecer al rico y matar de humillación, hambre y sed al que no puede ya ni con su orgullo. Cuando esto me pasaba por la cabeza me sentía abotargado al saber que no haría nada para cambiar las cosas, que no quería hacer nada nuevo, otra cosa que me desagradaba.
La clase se llenó de gente. Era curioso como en un sitio tan pequeño había tanta diversidad de personal, gente que había viajado y pensaba que podría dominar el mundo algún día, otros que esfuerzo y apego a las páginas de los libros cargaban su cabeza con todo lo posible, en un equilibrio perfecto que los hacía merecedores de la mayor nota en esos exámenes que mezclaban la sumisión y la capacidad de poder desmontar ese lego de ideas en un tiempo limitado, sin piezas rotas, sin olvidarse, sin perseguir ese pensamiento ya olvidado de ese rey con nombre francés que desapareció ya de las mentes de todos.
Otros que perseguían el tiempo, como si estar un año más haciendo nada les fuera a librar de la lucha vital en la que tarde o temprano tendrían que embarcar con mayor o menor rompeolas de cultura y pensamiento. Otros agobiados, carentes de la capacidad de concentración que les perseguía en sus pesadillas, pues no habían conseguido hacer nada, no ser productivos durante todo el mes anterior a esa tortura temporal que era la semana de exámenes, rodeados de parciales que ahogaban las ganas de seguir luchando, y camuflaba la dificultad con presagios y falsas promesas.
No tarde en darme cuenta de que las vidas de mis compañeros eran siempre las mismas, los mismos sueños, las mismas necesidades absurdas creadas por esas altas empresas comerciales dirigidas por magnates que contrataban a combatientes mentales luchando cada día por una sociedad más controlable, maleable, absurda e inútil.
Llegó filosofía, aquella asignatura que me reconcomía por dentro por falta de experiencia, al principio del curso, y que el tiempo de clase me quitó con esos devaneos mentales en los que mi preciada imagen de la cascada morena del cabello descendiendo por el cuello de Tamara desaparecía para dar paso a la oscuridad de sus ojos, un pozo en el que mis pensamientos quedaban encerrados por horas cuando me alcanzaba la tentación de mirarlos. Claramente resistí, por sabe dios que mierda de miedos extraños en mi cabeza, existentes desde el primer momento en el que empecé a fijarme en esas miradas esquivas que realizaba por toda la clase que en el pasado yo califiqué de primitivas miradas furtivas hacia mí, que en realidad se traducían en su maldita manía de hacerlo constantemente, como el pescador que deja su caña lanzada mientras hace cualquier otra labor, y que en ese momento traduje como una llamada de atención. Pude ver la oscuridad de sus ojos mientras la miraba sin mirar, técnica desarrollada por una necesidad propia, creada estúpidamente ante el miedo de que nuestras miradas furtivas conectasen.
La mañana paso efímera, reluciente ante la ausencia de más pensamientos incómodos y la sumisión que aprendí a mostrar ante una sociedad que recibe de mala gana los pensamientos puros, las preguntas reales, las teorías verídicas, la verdadera inexistencia de una entidad superior que ayude al prójimo, lo acoja en la muerte y le de cobijo. Esto lo traducía yo en miedos, miedos de los que yo carecía, miedo a acabar de vivir, algo que nunca ha empezado realmente, y que no dejará marca en la inmensidad del espacio, en el que tarde o temprano tu recuerdo será extirpado como un chicle con historia de un pupitre engorroso y grasiento.
Salí de aquella jaula a techo descubierto en el que mi hermano iniciaba su pena, y lo vi allí, feliz y contento de vivir, de sonreír, y active mi personalidad espejo para poder relejar todo lo que el me mostraba con tanta alegría que provoca la inconsciencia de un mundo cruel y despiadado para los románticos como yo.
Comimos en casa con ganas, agusto por la presencia mutua de un compañero que en nuestra vida, iba a estar siempre al lado del otro, con un pacto de sangre uniendo ese vinculo materno a la vez que delicado y precioso. Mi padre llegó, se sirvió de los besos de mi hermano pequeño y llamó a una de mis tías que había tenido un accidente el día anterior. Ya no me miraba como antes, como cuando no era algo de lo que preocuparse cuando era pequeño, ya había desistido de enseñarme valores que me quedaron grabados en la cabeza, por desgracia. Se bueno, afable, decía, sonríe a la vida, hijo mío, y la vida te sonreirá… yo añadiría siempre a esto último que sí, la vida te sonreirá, pero nunca como te gustaría que lo hiciera. Hace mucho que ya no veía en él interés alguno por cambiar nada en mi malogrado, con el tiempo había sido borrado ese interés que más tarde echaría en falta...
Esa tarde mis defensas contra el pensamiento más intenso en el que idealizar de manera absurda la figura de mi deidad fue un constante trabajo en el que las ganas de seguir luchando se desvanecieron, no aguantaba más esa lectura mental constante de frases intercambiadas con ella durante el día, así que desvié mi atención a las páginas de mi mejor amigo, cinco tomos enormes que devoraba con ganas de una vida de aventuras que no tendría nunca. El día acabó igual que empezó, en el que ganas de vivir lucían por su gran ausencia.
Sábado
Así seria, así debía ser, Tamara se separó de mi alcance al juntar sus ganas de conocer gente nueva con un personaje querido por mí, al que ya empezaba a infravalorar. Me di cuenta de lo idiota que era al querer a una mujer que no veía en mi nada más que una persona afable, cariñosa y estúpidamente buena. Necesitaba algo por lo que luchar, no podía seguir en casa después de eso, en mi cárcel de sueños encorvado y resignado a la propia muerte de mi vida. Todo parecía carecer de sentido ante su ausencia, el sol no giraba, las alturas no parecían vertiginosas, el frio calentaba, y mi estomago hambriento no se quejaba, y me incitaba a correr para dejar atrás el vacio, huir de todo, con el viento acariciándome la cara, recordarme mis carencias afectivas, en las que una simple caricia de cualquier mujer podía hacerme sentir otra vez como un vengativo criminal impaciente por robar aquello que le fue robado, recuperar su fortuna, o extirpársela a otro. Seguía corriendo, la espalda crujía, la rodilla sufría, la cabeza me ardía fruto, imaginé, de una futura fiebre que me mantendría la mente ocupada, pero no tuve tanta suerte.
No quería girar, volver atrás, quería seguir luchando contra el frio, dispuesto a cabalgar en la piedra hasta convertirla en arena, y poder así bañarme en el mar de ideas lejanas de mi propio pensamiento. No merecía sufrir, estaba demasiado bien, tranquilo, hasta que mi cerebro, casi comatoso, dejo que siguiera adelante hasta que mis músculos y articulaciones acordaran parar. Saque el botellín que había comprado en una cuadra cercana a la carretera por la que escupía mis propias mentiras y vaciaba mi cabeza; pero no pude beber, estaba congelada, lo cual me recordó el frio, y lo lejos que estaba de casa, en la carretera nublada en la que ya no pasaban coches, no había luces, en la que no podía ver nada mas allá de mis propios brazos. La lancé esperando un ruido sordo que no llegó a mis oídos.
Seguí corriendo, pensé tenía demasiado aguante corriendo, fruto de toda una vida quebrando mis huesos al chocar contra otros como yo, fuertes y enfadados, por un único destino, un balón de rugby con la forma perfecta que hacía de una carrera con él una fusión perfecta de cuerpo y alma, en la que el mi integridad física pasaba a segundo plano ante la importancia de no perder mi nueva alma recién adquirida en forma de balón. Mucho había pensado acerca de si volver o no a luchar de esta forma cuando mi cuerpo me lo permitiera, y siempre pensaba lo mismo, en una mezcla de pasión descomunal y temor a un futuro incierto. Mis hermanos de barro necesitaban mi potencial mellado por esos dos últimos dos años de lesión, !tenía que luchar para reunirme con ellos! No pares, no pares, no pares, no pares… El suelo me golpeó.
Montañas de arena y un calor insoportable rodeaban mi aura de visión. Preguntas sin respuesta interrumpían mi pensamiento demostrándome que no podía ser un sueño, ese pozo oscuro en el que, abotargado de la realidad me sumergía y me evadía de mi propia perspectiva de la realidad, donde escenas vitales para seguir luchando por los sueños que me reconcomían me daban fuerzas para seguir luchando en la vida ligera llena de pesadillas. Tantas veces había soñado con ese beso profundo, esa fusión de cuerpos con mi musa ya desligada del hilo que conducía mi lucha constante. Ecos aborrecibles respondían a las preguntas que lanzaba al viento. El suelo áspero, seco, martirizado por el poder del fuego crujía ante el peso que yo ejercía sin ninguna mala intención, pues, al igual que mi amor incondicional, no podía ser de otra manera, al no poder dejar de ejercer peso sobre aquello que sujetaba mis pasos en la inmensidad de ese paraje desolado e inútil.
La boca reseca y un dolor áspero en la cabeza me hicieron adentrarme en una cueva poco iluminada que ya conocía, con la sorpresa de ver algo animado en ese mundo lento y terrible. Era una de esas criaturas, ya la había visto antes. Repugnante, babeante, con brazos prensiles y erguido sobre dos piernas deformes por la inmensidad de su potencia muscular, desarrollada por ese odio palpable hacia la realidad que le tocaba vivir en ese jaula de arena y espejismos. Encorvado y sin ánimo de deshacerse de lo que tenía entre manos, ignoro mi patética presencia. Su espalda parecía un hervidero de arañas enormes, en el que pelo y bultos por sabe dios que reacción anatómica encerraban la maldad de su cuerpo que podía adivinarse al mirar su único ojo útil, desgastado por la experiencia y el martirio, como castigo, de sus propios pensamientos. Me senté en una esquina a esperar que acabara de devorar esa presa ahora martirizada entre sus garras siniestras, rojas ya por la poca sangre que dejaba desperdiciarse de aquel pobre animal torturado. Podía notar el latido de mi frente allí sentado, con un dolor casi explosivo, pero no hallé golpe alguno al pasar mi mano sobre mi frente. Supuse que sería el calor.
-¿Así que vas a olvidarla, eh?- Exclamó con una voz gutural y deforme. Asentí. Una carcajada enorme, terrorífica y letal, que pondría alerta a cualquier ser medianamente precavido, retumbó en el habitáculo. Hacía mucho tiempo que aquella cosa me resultaba tan familiar como mi propio mejor amigo, y sonreí con un toque de ironía. -¿No me ves capaz?- Reí.- Sabes tan bien como yo que no te dejaré hacerlo, ninguno de los dos puede contrariar la voluntad del otro, y menos sobre Tamara. ¿Acaso no ves que es el amor de tu vida, lo que me alimenta por las noches y enfría mi mundo con ese corazón tan frio que tiene? Tu no vives aquí, ¡no tienes que aguantar este maldito infierno!- Rugió mientras hizo temblar con su ira una pared cercana. Una piedra del techo calló, haciendo presencia en el suelo, por algún capricho en su naturaleza, que le hizo cumplir su sueño de estar a menos distancia del suelo. Por lo menos algo cumpliría sus sueños en esa cueva, pensé. -¿No ves que si no la olvido, el que no puede vivir soy yo? No voy a cumplir todos tus caprichos, ya asfixié a ese pobre mendigo del callejón por tu terrible deseo de ver sufrimiento en los ojos de alguien-. Le dije mientras miraba al suelo al recordar aquellos ojos rojos inertes -Claro, y lo hiciste bien, ese desgraciado no vio lo que se le venía encima, desecho… ¿Ahora vas a decirme que no te gustó esa sensación de poder? Se perfectamente que el olor de muerte te gusta, ambos lo llevamos en nuestra naturaleza. Además, te recuerdo que en este desierto no hay gente con la que divertirme, tenía curiosidad.-
La boca reseca y un dolor áspero en la cabeza me hicieron adentrarme en una cueva poco iluminada que ya conocía, con la sorpresa de ver algo animado en ese mundo lento y terrible. Era una de esas criaturas, ya la había visto antes. Repugnante, babeante, con brazos prensiles y erguido sobre dos piernas deformes por la inmensidad de su potencia muscular, desarrollada por ese odio palpable hacia la realidad que le tocaba vivir en ese jaula de arena y espejismos. Encorvado y sin ánimo de deshacerse de lo que tenía entre manos, ignoro mi patética presencia. Su espalda parecía un hervidero de arañas enormes, en el que pelo y bultos por sabe dios que reacción anatómica encerraban la maldad de su cuerpo que podía adivinarse al mirar su único ojo útil, desgastado por la experiencia y el martirio, como castigo, de sus propios pensamientos. Me senté en una esquina a esperar que acabara de devorar esa presa ahora martirizada entre sus garras siniestras, rojas ya por la poca sangre que dejaba desperdiciarse de aquel pobre animal torturado. Podía notar el latido de mi frente allí sentado, con un dolor casi explosivo, pero no hallé golpe alguno al pasar mi mano sobre mi frente. Supuse que sería el calor.
-¿Así que vas a olvidarla, eh?- Exclamó con una voz gutural y deforme. Asentí. Una carcajada enorme, terrorífica y letal, que pondría alerta a cualquier ser medianamente precavido, retumbó en el habitáculo. Hacía mucho tiempo que aquella cosa me resultaba tan familiar como mi propio mejor amigo, y sonreí con un toque de ironía. -¿No me ves capaz?- Reí.- Sabes tan bien como yo que no te dejaré hacerlo, ninguno de los dos puede contrariar la voluntad del otro, y menos sobre Tamara. ¿Acaso no ves que es el amor de tu vida, lo que me alimenta por las noches y enfría mi mundo con ese corazón tan frio que tiene? Tu no vives aquí, ¡no tienes que aguantar este maldito infierno!- Rugió mientras hizo temblar con su ira una pared cercana. Una piedra del techo calló, haciendo presencia en el suelo, por algún capricho en su naturaleza, que le hizo cumplir su sueño de estar a menos distancia del suelo. Por lo menos algo cumpliría sus sueños en esa cueva, pensé. -¿No ves que si no la olvido, el que no puede vivir soy yo? No voy a cumplir todos tus caprichos, ya asfixié a ese pobre mendigo del callejón por tu terrible deseo de ver sufrimiento en los ojos de alguien-. Le dije mientras miraba al suelo al recordar aquellos ojos rojos inertes -Claro, y lo hiciste bien, ese desgraciado no vio lo que se le venía encima, desecho… ¿Ahora vas a decirme que no te gustó esa sensación de poder? Se perfectamente que el olor de muerte te gusta, ambos lo llevamos en nuestra naturaleza. Además, te recuerdo que en este desierto no hay gente con la que divertirme, tenía curiosidad.-
Era verdad, me conocía demasiado bien. Odiaba que alguien supiera lo que pasaba por mi cabeza, como cuando jugaba al mus con Rubén, al que, por diversión, contaba todas mis trampas, trucos y artimañas que luego el usaba contra mí. No podía ensartarle ni un solo farol, ni un órdago. Era desquiciante saber que hiciera lo que hiciera él lo reflejaría sobre la mesa, seguido de una risa irónica, mostrándome que a veces la confianza da asco. Pero más repulsión me producía el recuerdo de aquella noche, en el que mi naturaleza desquiciada quiso cobrarse el pulso de ese pobre hombre al que la vida lo había apartado de un mundo cruel, para sumergirlo en un sueño eterno. A mi modo de ver aquella alma estaba mejor así, ya no pasaría frio, no necesitaría comer, no sufriría de mal de amores, ni de dolor, no tendría que seguir luchando, y pasaría a convertirse en parte de la naturaleza, una sociedad jerárquica, con el poder pasando de unas manos a otras, en una red principal de energía, en el que no le torturarían más.
Maldije a esas mala bestia que controlaba mis pensamientos, me hacía desear salvajadas, y despreciaba mi vida, pues egoísta, egocéntrico, mellaba poco a poco mi moral, mi pensamiento sano, y lo destrozaba a base de golpes en mi vida, como la vez que, en medio de una noche oscura y fría, con la luna en lo alto conduciendo mi mirada hacia aquella luz atrayente, en la que, controlando mi cuerpo, agarró con mis manos un cuchillo serrado y me torturó el pecho hasta marcar mi más hondo pensamiento. Aquella criatura escribió su nombre en mi torso, pudiéndose leer ``Tamara´´ con una caligrafía horrible y dolorosa. Había cicatrizado hace ya tiempo, pero en aquel mundo, hostil y cálido, brillaba con más fuerza. Me miró, furioso, desquiciado, y empezó a aumentar sus ansias de aniquilarme con un solo pensamiento. Se levantó y, alzando sendos brazos hasta llegar al dolor, momento en el cual golpeo mi cabeza con una fuerza inmensa, mientras gritaba con todas sus fuerzas en un idioma gutural muy profundo.
Volví a notar el dolor intenso en la cabeza. Desperté en el suelo, con el aire colmado del olor de la sangre que había estado emanando de mi cabeza hasta formar un pequeño charco del color del fuego apagado a la luz del sol. El frio era muy intenso. Tenía el cuerpo entumecido, estaba mareado, sentí nauseas al levantarme. Vomité con fuerza, tanta que me hizo dañó en la garganta, y otro charco más se juntó al primero, en una danza perfecta y acompasada en la piedra fría. Elegí sin pensarlo la dirección del camino hacia mi casa, con el destino a favor de aquella locura que me hizo volver ni sano ni a salvo a una zona conocida por la que guiarme hasta mi hogar. No había pensamientos en el trayecto, no había nada salvo la misión de llegar, volver, guiar mi cuerpo tambaleante y frío hacia mi cárcel de oro. Eso me gustó. Lo tenía claro, él no podría impedírmelo, la olvidaría. Por desgracia, me faltaron fuerzas para seguir viviendo, para cumplir mi promesa. Desgarre el silencio de la noche con un ultimo suspiro de frustración... Allí estaba, la luna, fría, inhóspita. Mi ultimo vistazo a este mundo. Pensaba en un futuro sin ella, uno feliz y tranquilo, que encontré cuando todo se apagó.
Volví a notar el dolor intenso en la cabeza. Desperté en el suelo, con el aire colmado del olor de la sangre que había estado emanando de mi cabeza hasta formar un pequeño charco del color del fuego apagado a la luz del sol. El frio era muy intenso. Tenía el cuerpo entumecido, estaba mareado, sentí nauseas al levantarme. Vomité con fuerza, tanta que me hizo dañó en la garganta, y otro charco más se juntó al primero, en una danza perfecta y acompasada en la piedra fría. Elegí sin pensarlo la dirección del camino hacia mi casa, con el destino a favor de aquella locura que me hizo volver ni sano ni a salvo a una zona conocida por la que guiarme hasta mi hogar. No había pensamientos en el trayecto, no había nada salvo la misión de llegar, volver, guiar mi cuerpo tambaleante y frío hacia mi cárcel de oro. Eso me gustó. Lo tenía claro, él no podría impedírmelo, la olvidaría. Por desgracia, me faltaron fuerzas para seguir viviendo, para cumplir mi promesa. Desgarre el silencio de la noche con un ultimo suspiro de frustración... Allí estaba, la luna, fría, inhóspita. Mi ultimo vistazo a este mundo. Pensaba en un futuro sin ella, uno feliz y tranquilo, que encontré cuando todo se apagó.
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